Muchas personas, seguramente, han leído (y leen) poesías, y se han encontrado con palabras cuyos significados ignoraban. Si tenían un diccionario a mano y ganas de hacerlo, habrán recurrido a él para dilucidar los enigmas, o no. Pero esto no fue obstáculo para que gustaran lo que, en general, encerraban los versos. Si la poesía era de calidad- porque hay de todo en esta viña- sin dudas se habrán sentido envueltos en la atmósfera de imágenes, alusiones, símbolos, representaciones, ideas, creatividad de su autor o autora. Volviendo a esos términos difíciles o raros, suelen ser llamados “palabras poéticas”. Son vocablos poco comunes y rodeados de un aura especial, y hasta con origen distinguido desde el momento que proceden de idiomas prestigiosos como el griego o el latín; o de lenguas de otros países, portadoras de culturas milenarias. También están las voces de origen humilde que poco a poco y por obra de los poetas se han empinado hasta alcanzar los estrados superiores del decir poético como las siguientes: báculo, orbe, yermo, linde, lauro, corcel, lebrel, can y cientos de otras. Hay poetas sencillos y no por esto menos profundos, musicales, atrayentes; en una palabra: eximios, como José Pedroni, Antonio Machado, Gustavo Adolfo Bécquer, por nombrar algunos. De A. Machado son estos conocidos versos: “Yo voy soñando caminos/ de la tarde. Las colinas/ doradas, los verdes pinos,/ las polvorientas encinas!…// ¿A dónde el camino irá?/ Yo voy cantando, viajero/ a lo largo del sendero…/ (`La tarde cayendo está’)”… Otros son más encendidos y exquisitos; tienen un vocabulario selecto, difícil y hasta rimbombante. Leopoldo Lugones, por ejemplo, pertenece a esta clase, y entonces para leer la mayoría de sus composiciones hay que estar con el diccionario en la mano. Refiriéndose a un toro dice: “Y la luz en el ágata del cuerno/ fija un bélico lustre de arma corva”, o para describir los fuegos artificiales expresa: “Y esa gloria/ giratoria/, derrochada en vivos cromos,/ parece una noria/ que rútiles gnomos,/ fuesen vertiendo en inmensas dosis/ de apoteosis”. Y en “La granizada”: las piedras “Rechiflan el vidrio que frágil tirita,/ y escupen chisguetes de saltada espita”.
Centrándonos en el tema de la nota, son consideradas palabras poéticas, por ejemplo: engastar, perícopa, venero (manantial de agua), preludio, albores, véteras (antiguas), prístino(a) (primero, original), desgaire, insenescente, arcano, vorágine, acerino, alígero (y unos cuantos terminados en -gero o -fero) belígero, armígero, aurífero, lucífero), coruscar, céfiro, nemoroso, parca (muerte), proceloso, rielar, rutilar, veste, vate (poeta, con la misma raíz que “vaticinar”, porque él, de alguna manera entrevé el porvenir), mirífico, pletórico, cimbreante, torvo, olifante, empavesar, yerto, quimera, sigiloso, diadema, paladín, célico, filomena, que en realidad debiera decirse filomela, porque es un compuesto de filo: amante, y melos: música. Así se le llama poéticamente al ruiseñor, etc. Desde la noche de los tiempos, hemos recibido innumerables voces que han llegado hasta nosotros a través de dos medios: la voz y la escritura. Todos nos hemos enriquecido con esa herencia, a la vez que la engrandecemos con nuestro aporte neológico, es decir, con la invención de nuevos vocablos. Valiéndose de ese acervo recibido, los poetas, para referirse, pongamos por caso, a la esfera celeste que rodea a la tierra, es decir, el cielo, la llaman: éter, empíreo, Edén, elíseo, Campos Elíseos o Elisios, nirvana, Olimpo, paraíso, morada celestial; y su contrario, el infierno, es el averno, orco, tártaro, báratro, erebo, Hades, gehena, Laguna Estigia. El mar es el ponto, océano, piélago; el Sol es nombrado Febo, astro rey, Apolo, Helios, y Dios es el Supremo Hacedor, Altísimo, Rey de reyes, Señor de los Ejércitos, Excelso, Sumo Hacedor, Gran Arquitecto, Causa Prima, Alfa y Omega, Jehová, Mesías, Alá, Adonai, Yahvé. “Que al Sumo Hacedor le plugo”- dice Núñez de Arce, y aquí aparece un verbo difícil “plugo”, que es una forma del verbo “placer”: plugo equivale a plació, plega a plazca, pluguiera, pluguiese, pluguiere a placiera, placiese, placiere. La nota podría extenderse indefinidamente, pero consideramos que el intento de trasmitir, siquiera sea, una somera idea sobre lo que son las palabras que forman parte de las alforjas de la mayoría de los creadores de poesía, se ha cumplido.